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La space opera que arrasó con el Hugo, el Nebula y el Arthur C. Clarke en un mismo año. Una nave de guerra reducida a un solo cuerpo humano y una venganza imperial que te obliga a repensar qué es una persona.
Breq parece una soldado más vagando por un planeta helado, pero en realidad es lo único que queda de la Justicia de Toren: una nave de guerra con inteligencia artificial que durante dos mil años controló miles de cuerpos auxiliares al servicio del imperio del Radch. Una traición la destruyó casi por completo, y ahora toda esa conciencia colosal habita un único cuerpo humano.
Alternando entre su pasado como nave —cuando era ciudad, tropa y observadora omnipresente a la vez— y su presente como fugitiva con una misión imposible, Breq avanza hacia el corazón de un imperio que no distingue géneros, se expande por anexión y esconde una fractura en su mismísima cúspide. Su venganza apunta a alguien a quien, en teoría, no se puede matar.
Pocas novelas usan el punto de vista de forma tan audaz: leer a una conciencia que recuerda haber sido muchos cuerpos a la vez es una experiencia que ningún otro libro te da.
El detalle del idioma radchaai, que no distingue géneros (todos los personajes son «ella»), convierte cada página en un pequeño experimento mental sobre identidad, imperio y poder.

El Radch sin distinción de género es heredero directo del experimento de Le Guin en Gueden.

Misma ambición de ópera espacial adulta donde las inteligencias artificiales tienen voz propia.

Intriga palaciega a escala galáctica con una protagonista atrapada en la maquinaria del poder.